Retazos de angustia

 


Mónica González

 

 

Al iniciar este texto he sentido una sensación extraña de vacío; vacío ante la tarea que se me ha propuesto, ante la ausencia de palabras y la hoja en blanco. He sentido, también, impulsos de callar o huir, para evitar mostrar frente a los demás aquello que hasta el momento no es nada; porque siempre que se escribe o se habla, aunque no haya otro leyendo o escuchando, se está expuesto ante algo.   

Es interesante pensar en esta hoja, hasta el momento casi en blanco, como un sujeto, que en el instante de su nacimiento ha tenido ya unas cuantas líneas escritas por otros, pero que, a partir de allí, existe con una vida aún vacía que debe llenar por sí mismo. Pues la vida y la escritura tratan de ex-ponerse, de caminar hacia el abismo, mirarle en presencia de la nada, a pesar de sentir miedo, pues se está ante el futuro, la ausencia, la negación de lo existente; se está también en la agitación de la vida, al hablar y escribir, se enuncia un camino inigualable, trazado por la creación de cada ser; en pocas palabras, se vive en el desamparo mismo, en la angustia que procura verse obligado al movimiento.

Si pensamos en la angustia que surge con el nacimiento es necesario mencionar a Freud (1917), pues escribe cómo el acto del nacimiento es la primera vivencia de angustia y, en consecuencia, la fuente y el arquetipo del afecto, la primera de todas las angustias que siguen el resto de la vida; el trauma del nacimiento es así, ya que el bebé se encuentra frente al peligro de desvalimiento, la opresión y la dificultad para respirar en los primeros instantes posteriores al parto y la separación del cuerpo de la madre; entendemos, de esta forma, el estado de vacío y la incapacidad de valerse por sí mismo. Cabe preguntarse cuál podría ser el significado y el propósito de la angustia; y hasta este momento respondemos que, en los primeros minutos de la vida, las inervaciones de los órganos respiratorios y el aceleramiento de los latidos del corazón, que conforman la angustia en el recién nacido, le posibilitan continuar con vida. A esto podemos agregar el llanto, que le permite un llamado al otro.

Más adelante Freud (1926) profundiza sobre la angustia, afirmando, en síntesis, que es algo que se siente, un afecto de carácter displicente que rebasa lo sentido en el dolor, el duelo o la ansiedad; que, además, presenta sensaciones físicas, actos de descarga, que afectan a los órganos respiratorios y al corazón. Según Freud, cada uno de los momentos del desarrollo tiene adscrita cierta condición de angustia que se adecua a tal momento: en un principio, el peligro del desamparo psíquico corresponde a la época de la carencia de madurez del yo; posteriormente, el peligro de la ausencia, la pérdida del objeto y la pérdida de su amor, a la dependencia de otros en los primeros años infantiles; el peligro de la castración, a la fase fálica y el miedo al superyó, al período de latencia. Sin embargo, todas estas situaciones peligrosas y condiciones de angustia subsisten conjuntamente y provocan la reacción de angustia, en épocas posteriores a las mencionadas, actúan varias de un modo simultáneo. Es decir, la angustia emerge, bajo las nuevas condiciones de una distinta forma de existencia y del desarrollo psíquico progresivo.  

Tal angustia se reproducirá, análoga a su origen, como reacción inadecuada, después de haber sido adecuada en la primera situación de peligro. O bien, el yo adquirirá poder sobre este afecto y lo reproducirá por iniciativa propia, sirviéndose de él como alerta ante el peligro. Entendemos, así, que el yo es la verdadera sede de la angustia.

Hasta este punto podemos decir que la angustia es inherente al sujeto, por el hecho de existir en el mundo frente a todos sus posibles desafíos. Como menciona Heidegger (1927) el ser se encuentra arrojado al mundo determinado por un tiempo pasado, se nace en una época, un país, una familia, con un sexo, una raza, etc. y nada de esto se pudo elegir. Posterior a eso, en el mundo podemos desarrollarnos a partir de nuestras acciones. Somos lo que podemos ser y el límite a esas posibilidades es la muerte.  

Entonces, existir implica que hay múltiples caminos para esa vida. Esta característica es propia del ser humano, ya que, a diferencia de la planta, la piedra y el animal, el hombre posee lenguaje y, por lo tanto, es el único que tiene la posibilidad de interrogarse sobre su propia existencia; a partir de esa pregunta es como se posiciona el sujeto ante su modo de estar en el mundo.


MC Escher, "Relatividad"

 

Ahora bien, frente a toda interrogante se genera la posibilidad de respuesta y entendimiento; sin embargo, la existencia es un preguntar constante, ya que el ser y la verdad no son estáticas. Como ilustra Kierkegaard (1844), la angustia es el vértigo de la libertad. Todo es posible y eso angustia; entendemos que es eso lo que angustia, el no saber qué hacer, lo cual no quiere decir que no haya nada para hacer; es interesante este punto, ya que, en el hecho de que existan tantas posibilidades, la angustia nos habla de lo eterno, de lo infinito. La existencia es aquello que se hace con esa nada, con esa angustia; angustia ante la ignorancia pura, es decir, una inocencia frente al no saber; esto significa que se abre la posteridad ante la posibilidad de elegir sin tener una compresión del bien o el mal, de lo que hay que hacer y lo que no, de lo que nos dará mayor éxito, felicidad, o nos garantizará el amor; en realidad, no se trata de un conocimiento de este bien o mal, ya que si nosotros supiéramos cómo actuar, no habría angustia, haríamos lo que tenemos que hacer y listo, pero esto no es así, existe ese vacío de conocimiento donde se genera la angustia, desde este punto de vista podemos verla como una puerta ante la posibilidad de actuar.

Decimos, entonces, que estamos en un estado de libertad. Cuando el individuo toma conciencia de su libertad, enfrente de todas esas posibilidades y del abismo de la angustia, se encuentra con que no hay respuestas, sino que hay preguntas, es decir, nadie puede decidir por nosotros qué hacer; este acto de decidir se asemeja a un acto de fe, ya que ante la realidad de la no garantía y la nada se debe tomar acción, debe hacerse cargo de esa libertad de Ser. La angustia, entonces, es vista y descrita desde muchas perspectivas distintas, se habla de intranquilidad, amenaza, peligro, vacío, nada. Pero esto tan solo es una de sus aristas, ya que la angustia es la única que posibilita esa creación y movimiento del Dasein. Es la que abre la puerta a la creación.

 

 

 

Freud, Sigmund, Lecciones introductorias al psicoanálisis, Lección XXV La angustia (1917), Buenos Aires, Editorial Siglo XXI.

 

Freud, Sigmund, Inhibición, síntoma y angustia (1926), Buenos Aires, Editorial Siglo XXI.

 

Heidegger, Martin, El ser y el tiempo (1927), México, Editorial Fondo de Cultura Económica.

 

Kierkegaard, Søren, El concepto de la angustia (1844), Editorial Alianza.

 

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