Un nhommenaje a Michel Foucault. Notas sobre Crisis de razón, crisis de locura o “la locura” de Foucault de René Major.
Ciertas obras hacen cisma al pensamiento: lo sacuden, lo martillean, lo dinamitan; otras lo tocan con tal gentileza y cordialidad que se conmueve y cambia de lugar. Si alguien estuvo a la altura de ello fue Michel Foucault, pues mientras su escritura se alzaba hasta tocar el fuego del sol, algunos de sus intereses apuntaron a los márgenes malditos, a lo abyecto, lo prohibido, lo silenciado. El francés hereda algunas improntas que resultan tanto valiosas y seductoras como aterradoras. Ambos filones son consecuencia de su doble movimiento de inmersión y elevamiento. Si sus obras son seductoras es por el abordaje y metodología tan fina, puntual e incisiva; si son terribles es porque esa belleza pudiera reflejar, momentáneamente, cierta idea de completitud, como si la posibilidad de ir más allá estuviera vetada. En un esfuerzo de lectura, René Major hace un homenaje, pero no uno donde se elogie al hombre o la magnificencia de su obra, sino aquel que se ocupa de la lectura de las fracturas y omisiones, de los desfases entre el decir y lo dicho. El francés escribe un homenaje, no una apología; al final, termina por confirmar que escribir no es sino el heterónimo de la diferencia.
El 23 de noviembre de 1991 se realizó el IX Coloquio de la Sociedad Internacional de Historia de la Psiquiatría y el Psicoanálisis, en él participaron Georges Canguilhem, Élisabeth Roudinesco, Jacques Derrida, René Major, entre otros. El escrito que Major presentó se titula Crisis de razón, crisis de locura o “la locura” de Foucault, en él realiza una lectura de Histoire de la folie de manera retrospectiva donde señala y problematiza algunos puntos. El escrito está dividido en dos momentos. Al inicio, podemos leer: “[…] el pensamiento no es pensable sin la posibilidad del enloquecimiento”[1]. El comienzo es incisivo, pues difumina un elemento binario que establece un margen, un terreno seguro que excluye a la locura de la no locura: el pensamiento corre el riesgo de enloquecimiento; el pensador puede volverse loco. La locura lo habita todo, hasta el pensamiento. Pensar no es sin riesgos, el mayor de ellos es la locura, pero ¿acaso la locura puede entenderse como el límite del pensar? ¿O es desde dónde pensar toma su fuerza? Respecto al delirio, la problemática no es menor, pues está constituido por la razón[2]. Para Major, pensamiento y delirio son las dos caras de una misma lógica, por ello no deja de preguntarse: “¿cómo hacer la historia de esta partición?”[3]. Si la tradición ha tratado de situar un punto de no retorno entre razón y locura, Major señala las dificultades inherentes de un corte pulcro entre una y otra. A lo largo del escrito veremos cómo el silencio abre dos fisuras que problematizan esta relación.
El primer punto toca al silencio y al habla, particularmente en cómo Foucault declara la forma de trabajo en esa historia: “Lo que se da como objetivo confeso de Histoire de la folie es la arqueología de ese silencio. Permitir que la propia locura hable en su silencio con una palabra que va de suyo […] De modo que Foucault quiso huir de la trampa de escribir una historia de la locura en el lenguaje de la razón clásica, pero no de la razón a secas, con el lenguaje de la razón filosófica o psiquiátrica, para no repetir la agresión racionalista de la locura”[4]. Ese señalamiento desmonta un intento de abordaje que pretende situar la locura fuera del campo de la razón y del lenguaje. Dejar hablar ese silencio reafirma desde otro lugar los efectos simbólicos que atraviesan, de una u otra manera, a la locura. En este sentido, nuestro pensador cuestiona: “¿[…] cómo hacer esa historia sin poder recurrir a un lenguaje por lo menos un poco organizado, a una sintaxis (aunque sea una sintaxis a la que se le haya doblado el brazo), ¿cómo hablar, en ausencia de toda obra, de una locura desobrada?”[5]. Ahora bien, si la ausencia de obra es un rasgo de la locura y hace patente su silencio, ¿cómo hablar de ella? ¿Cómo no traicionarla, someterla a pesar de dejarla hablar? Nuestro autor no deja de cuestionar ahí, donde el decir se quiebra, por ello señala: “Hablar soberanamente, como lo hace Foucault, de la soberanía de la sinrazón, ¿no es ya traicionar su silencio imperioso, apresarla en el lenguaje del orden?”[6]
En esta primera parte, Major encuentra una aporía entre el habla y el silencio, entre el decir y lo no dicho de una locura sin obra; en la segunda señala un silencio estructural entre Histoire de la folie e Histoire de la sexualité. René se asombra pues, aunque están pensadas por Foucault en distintos momentos, no existe un punto de conexión entre ambas historias: “Al releer a Foucault me impresionó la ausencia de relación que existe en su obra entre locura y sexualidad”[7]. Ahora bien, si la locura habita al pensamiento, el pensamiento no es sin cuerpo. Y no hay cuerpo sin sexualidad. Sexualidad y locura están ahí desde el inicio. Por ello desconcierta la falta de nexo entre ambas historias. Locura y sexualidad habitan el sentido y los sentidos de la razón. En este punto, nuestro autor centra su reflexión en cómo la sexualidad siempre está presente en el delirio: “La locura siempre ha estado allí, en el corazón de la razón; debería decir “en el sentido o en los sentidos de la razón”. Y nunca ha estado, nunca pudo estar, fuera del sexo. Está totalmente atravesada por la sexualidad, como lo atestiguan todos los delirios”[8]. Delirar, ¿sería posible sin la dimensión sexual que nos atraviesa? Para puntualizar esta cuestión, René sitúa dos elementos estructurales de la Ley: uno que instaura el funcionamiento simbólico y otro como constitutivo del deseo. Este señalamiento nos permite entender que, si bien puede darse “el enloquecimiento del discurso”, no por ello se excluye la condición deseante ni sexual del sujeto: “Lo que se llama la Ley para designar con una sola palabra el funcionamiento simbólico que impide que el discurso se enloquezca interminablemente, ese enloquecimiento al que se entregaría espontáneamente el inconsciente si estuviera por completo privado de tal funcionamiento, no autoriza en modo alguno a que la Ley (en el sentido de su ejecución jurídica, policial) se afirme como constitutiva del Deseo mediante la interdicción de tal o cual manifestación de la sexualidad”[9]. Señalar esto no es sin consecuencias. Foucault abordó el silencio de la locura, pero dejó en silencio el vínculo entre el enigma de la locura con la noche de la sexualidad, aquí es donde Major indica el inédito del psicoanálisis, pues su descubrimiento se centra en esa relación íntima:
Lo que el psicoanálisis descubre no es ese palabrerío infinito de la razón sobre la sexualidad, sino su vínculo íntimo con el murmullo secreto de la sinrazón”[10]. ¿No es esto lo que coloca al psicoanálisis como un discurso otro frente a la locura? ¿frente a la sexualidad? Es Foucault quien inscribe el inédito del psicoanálisis al señalar la lógica del inconsciente, así, el pensador tendrá que remitirse a La interpretación del sueño y no a Tres ensayos de teoría sexual para “inscribir su proyecto en contra del pensamiento de Freud[11].
Resulta imposible no dimensionar las implicaciones lógicas, epistemológicas y clínicas que el giro que Major devela. Pero va más allá. Más aún. René entiende que, a pesar las pocas apariciones de “la verdad” en la obra freudiana (a diferencia de Lacan y Heidegger), el desarrollo del psicoanálisis avanza en un sentido distinto al foucaultiano, pues en éste existen antinomias que apresan la locura al señalar los cruces de la verdad y la locura. Leemos en Foucault:
El momento inicial de todo tratamiento será por lo tanto la represión de esa verdad inadmisible, la abolición del mal que en ella reina, el olvido de esas violencias y esos deseos. La curación del loco está en la razón del otro; su propia razón no es más que la verdad de la locura. El hombre no dirá entonces lo verdadero de su verdad más que en la curación que lo lleve de su verdad alienada a la verdad del hombre […][12].
Las palabras del francés, al final de su texto, marcan la pauta, el punto de bifurcación entre él y Freud; para Major, el inédito freudiano entiende de otra manera lo que concierne a la verdad del hombre pues hay un núcleo de verdad, un fragmento de verdad histórica que todo delirio entraña:
Esto no corresponden nada a la reflexión de Freud, para quien no sólo hay “método en la locura” (como en el sueño), según las palabras del poeta, sino también un fragmento de verdad histórica. No se trata de convencer al loco del error de su delirio ni de su contradicción con la realidad. Por el contrario, lo que importa señalar es el reconocimiento de su núcleo de verdad, como reconocimiento del suelo sobre el cual se desarrolla, pues el delirio obtiene su fuerza de convicción del elemento de verdad histórica que da su clave de lectura del presente[13].
Los caminos del inédito freudiano y los planteamientos de Foucault, en este sitio particular, avanzan por distintos parajes. Cada uno de ellos adquiere una especificidad y alcance que abordan distintas consecuencias en el campo del pensamiento. Major cierra su lectura sobre Foucault resaltando un grado de desmesura (y, podemos agregar, inadecuación) entre el pensamiento y lo pensado, entre aquél que piensa y lo que piensa. Este exceso brinda una grandeza, y Michel fue consecuente con ello. René escribe: “Si la grandeza de un pensamiento puede corresponder a la desmesura de su objeto, Foucault sostuvo incuestionablemente el estilo de un acuerdo de este tipo. Pero se hará una cierta idea de la locura cuya representación se encuentra, por el contrario, desexualizada”[14]. La grandeza del pensamiento es imposible sin un exceso que su objeto le impone; sería una locura de otra índole, imaginar que el pensamiento puede abarcarlo todo, sin puntos ciegos, sin quiebres o huecos. Estas fisuras que Major señala despliegan un nuevo horizonte que permite volver a pensar, desde otro lugar, lo ya pensado, y aunque resalta la importancia de Foucault y su obra, no deja de encontrar coyunturas que, al desmontarlas, producen algo distinto. Pensar conlleva un excedente que no puede ser mesurado por la voluntad, la razón o la consciencia. Major pensó un homenaje a Foucault; uno que va de la letra y más allá. Y eso es una locura. Pero una locura otra sería someterse a un homme-naje: quedar bajo la sombra empequeñecida de la persona convertida en ídolo, de su palabra como estatuto inapelable cuyo sentido es irrevocable, de su voluntad como única guía de su obra. Someterse, por más amor que se tenga, significa claudicar en el campo del pensamiento. Someterse a un amo/maestro ¿no es acaso desobrarlo, dejar de producir las marcas de la diferencia, traicionar con ruido y palabrerías su locura silente?
Apostemos por un nhommenaje, tal como Major; la apuesta es arrebatarse a la escritura y atreverse a poner, en otro lugar, los puntos establecidos. Aunque salir de la interpretación del maestro signifique correr el riesgo de naufragar sin timón por el nocturno mar del pensamiento. Al final no hay pensamiento sin riesgo de locura. Un nhommenaje: a Foucault, a Lacan, a…
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| René Major https://laregledujeu.org/contributeur/rene-major/ |
Guadalajara, Jalisco, 8 de agosto de 2020.
[1] Major, René, Crisis de razón, crisis de locura o “la locura” de Foucault en Pensar la locura. Ensayos sobre Michel Foucault, Paidós, Buenos Aires, 2006, p. 105.
[2] Cf. Ibídem.
[3] Ibíd, p. 107.
[4] Ibíd, p. 109.
[5] Ibídem.
[6] Ibíd, p. 110.
[7] Ibíd, p. 112.
[8] Ibídem
[9] Ibíd, p. 113.
[10] Ibíd, p. 114.
[11] Ibídem.
[12] Ibíd, p. 116.
[13] Ibíd, p. 117.
[14] Ibíd, p. 119.

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