Devenir mujer: Cuerpo a cuerpo con la madre

 

Devenir mujer: Cuerpo a cuerpo con la madre

Por: Areli Nohemí Gutiérrez Rodríguez

Freud nos menciona el complejo proceso de devenir mujer, como resultado de un momento pre-edípico donde la vuelta hacia el padre es lo que marcaría el inicio de la feminidad; ya que en un inicio todos somos bisexuales, la niña goza de masturbaciones por medio de un clítoris, después vendrá la aceptación de la vagina. 

Así, nuestra forma de amar-odiar, de igual manera, proviene -como mujeres- de este primer vínculo materno, al cual nos terminamos identificando.  En esta misma tesitura, me viene a la mente, la situación en que veo a las niñas en su relación con las madres; en la que se perciben situaciones de odio, sin comprensión, ante una madre.

¿Qué madre no ha sentido, también, este rencor-odio y reproche de su hija hacia ella?, siendo este sentimiento tan intenso, al grado de manifestarlo con palabras, pero que, sin embargo, se viven y vienen desde un sujeto y cuerpo tomado por la angustia.

Al respecto Freud responde que  no se comprenderá a la mujer, si no se pondera la fase de ligazón-madre en su tiempo (lógico) pre-edípico. En el que está destinado el camino de la ligazón con el padre, cuestión que determina que el momento (en su sentido lógico y no temporal) anterior con la madre termine en hostilidad y odio; ese odio puede ser muy notable y durar toda la vida, puede ser incluso cuidadosamente sobre compensado más tarde. De hecho una parte de él se supera, mientras otra permanece. 

Este hostigamiento hacia la madre suele provenir del reproche de la poca leche suministrada –imaginariamente- cuando el infante es bebé; pero, más bien, tiene que ver con que el sujeto nunca se consoló ante la pérdida del pecho materno y vuelve dicha pérdida un reproche constante. El segundo reproche tendría que ver con la aparición de un hermano nuevo en la cuna, y, por ende, con el hecho de que la madre ofrezca la leche al bebé recién llegado; cosa por la cual la madre ya no quiso ofrecérsela al niño más grande.

En los caso donde hay poca diferencia de edad, la lactancia se interfiere para alimentar al  recién nacido; así, este amamantamiento no es lo único que enemista con el indeseado intruso y rival, pues igual efecto causan todos los cuidados maternos que conllevan, colocando –de ese modo- a la madre como infiel. Hecho que determina la molestia y conducta del niño  desplazado.

Siguiendo a Freud -en el tema de la feminidad-, pienso que esta situación se vive, bajo  las condiciones internas, desde un placer proveniente del cuerpo; ello en la infancia, aderezado con figuraciones de experiencia de amor o desamor de este cuerpo a cuerpo en el que se inscriben las huellas, marcas mnémicas que constituyen el psiquismo del sujeto atribulado.

Así pues, la internalización de un lazo afectivo es fundamental en este tiempo, y Freud marca, en dicho texto, la importancia de la etapa pre-edípica; de esta vivencia corporal que el sujeto -en especial la mujer- intenta encontrar una salida. De ahí que se involucre a una tercera persona (el padre), formándose así la triangulación, que es la base del Edipo. Antes de esto, lo que se vivía es una simbiosis cuerpo a cuerpo con la madre.

De modo que ser excluido de la diada materna, y aprender a compartir lo amado –con otro- se convierte en algo estructurante que posibilitará la funcionalidad del propio aparato psíquico del sujeto.

Todo lo anterior nos permite decir que toda demanda es demanda de amor, y que el primer objeto de amor es la madre; así es como el bebé –en cuanto cuerpo erógeno- viene al encuentro de la madre, y es ella quien llena de afecto, abriendo así la dimensión de lo humano, con el amor que brinda.

Al ser el primer objeto de amor, tanto para la niña como para el niño -colocándose así, en el fondo de su ser durante toda la vida-; es así como las primeras investiduras de objeto se producen por apuntalamiento con la satisfacción de las grandes y simples necesidades vitales y con las circunstancias particulares de la crianza. Y es igual para los dos sexos.

Pero avancemos un poco más en nuestro tema.

La angustia solo se presentifica, experimentando un gran afecto visceral, primario; es un vacío frente al abandono, del cual es objeto, si la mirada de la madre faltó. Siendo el cuerpo quien la percibe, guardando, por ello, como memoria, algo no descifrado.

Así es como el psiquismo resignifica las pérdidas, las separaciones, el destete; la falta de pene, las marcas inscritas en el cuerpo son resignificadas con representaciones con las que intenta, en algún momento, nombrar dichas pérdidas. Pero, las cualidades de excitación inscritas en el cuerpo, en tanto predominen los afectos tendrán una memoria que será incapaz de tomar la palabra para pronunciarlas. Es aquí donde la somatización o la conversión, toma al cuerpo de medio para desplazar lo innombrable por medio del juego.

En esta lógica, el cuerpo de la madre hace de cuerpo soporte, sobre el que el infante recorta su propio cuerpo y compone su unidad corporal, alejando el fantasma del cuerpo despedazado; así es como reconoce sus fronteras corporales y delimita su adentro y su afuera. Además de asumirse como ser sexuado.

Sin este primer cuerpo –que es el cuerpo de la madre, insisto en este punto- el peligro que corre un bebé es de un gran marasmo; un profundo desequilibrio en su imagen corporal inconsciente, hecho que podemos constatar en la clínica, sobre todo por medio del juego, en el que el niño o la niña deposita en dichos objetos de juego, la emoción contenida y devenida en sus modos de jugar.  

Así, el cuerpo en el juego, al abrirse al semejante, se abre también a su historia; a sus recuerdos, a sus huellas mnémicas. Y es que la intimidad psíquica acompaña a la intimidad de la carne y la conjunción de ambas intensifica la calidad de placer; configurándose, de ese modo, la compleja relación del placer con el amor.

Por ello, concluir que esta dualidad con que después nos vinculamos en nuestras relaciones amorosas, proviene de este tiempo fundamental en que recibimos el afecto mediante el encuentro, cuerpo a cuerpo, con la madre.

Green mencionará, en este punto, que: “el afecto nos devuelve a un cuerpo tocado en su viva materialidad por la carne humanizada”; y que es así que el cuerpo, tocado por el afecto, nos indica un  nuevo camino para la sensualidad: es el de la sensualidad afectiva.

Por su parte Freud  nos dirá que las construcciones apuntan a evocar escenas sepultadas y que para hacer aflorar los afectos, en su variada gama (angustia , dolor, duelo, despersonalización, anonadamiento, odio, alegría etc.), hasta rozar el límite de lo nombrable en el registro del mismo afecto, es acercarnos al dominio de lo indecible y lo irrepresentable. Es lo que está sin enlace representacional, pero cuya eficacia hace sentir sus efecto; lo que tal vez solo pueda confrontarse y manifestarse en la gestación del campo afectivo de la relación analista–analizado.

Por lo tanto, decir afecto es decir cuerpo, poner en juego al cuerpo; así el afecto se convierte en efecto y en un desafío para reconstruir escenas, que Green le nombra “matrices psíquicas”, como emergencias mudas que llevan subsumidos fragmentos enteros de una historia sumergida en lo profundo del cuerpo.

La Feminidad (menciona Freud) y la identificación-madre de la mujer, permite discernir dos estratos: el pre-edípico, que consiste en la ligazón tierna con la madre, a la que se toma por arquetipo; y el posterior, derivado del complejo de Edipo, que quiere eliminar a la madre y sustituirla por el padre.

De ambos estratos, es mucho lo que queda pendiente para el futuro, y hasta se puede decir que ninguno se supera suficientemente en el curso del desarrollo del sujeto. Empero, la fase de ligazón pre-edípica tierna es la decisiva para el futuro de la mujer; en ella se prepara la adquisición de aquellas cualidades con las que luego cumplirá  su papel en la función sexual y costeará sus inapreciables rendimientos sociales.

Es en esa identificación que conquista, también, su atracción sobre el varón; atizando, hasta el enamoramiento, la ligazón con la madre y el complejo de Edipo.

El amor–odio que viene de esta vivencia pre-edípica, fue nombrada por Freud con especial énfasis en la mujer, la cual gira hacia el padre, para así asumir su feminidad; haciendo un largo y difícil recorrido -cuerpo a cuerpo- con la madre nutricia protectora y con suerte afectiva, que nos trasmitió desde su inconsciente y su forma de amar y la manera de dar placer en los cuidados que nos brindó.

Fue de ese modo, que la madre nos preparó para amar, desear, imaginar, soñar, fantasear; ello desde el placer del cuerpo, el suyo, con lo que también construimos nuestra propia corporalidad.

 

Areli Nohemí Gutiérrez Rodríguez

 

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