Historia del consultorio (I)
Historia del consultorio (I)
Los orígenes
Eunice
Michel
Corría el año 2013. En ese
entonces yo trabajaba con nombramiento de Tiempo Completo en el Centro
Universitario de Ciencias de la Salud (CUCS), cuyo jefe era el Maestro José de Jesús Gutiérrez Rodríguez, en el que permanecí más de 15
años, desde que regresé de la Ciudad de México, en 1996, para coordinar la
Maestría en Psicología clínica con Orientación psicoanalítica, del Departamento
de Clínicas de Salud Mental, de la que egresaron tres Generaciones de alumnos
(as) en total.
En la Carrera de Filosofía,
tenía una clase por Asignatura, desde la cual imparto, hasta la fecha,
Filosofía francesa contemporánea y que me acerca a los dos temas fundamentales
que ocupan, desde hace más de 30 años, mi atención en términos académicos y clínicos; el psicoanálisis y la filosofía,
que es mi carrera de origen y no ha dejado de estar en mi horizonte teórico
hasta hoy.
En ese tiempo, dirigía la
División de Estudios Históricos y humanos (DEHH) del Centro Universitario de
Ciencias Sociales (CUCSH) la Doctora Lilia Victoria Oliver Sánchez, excelente y
reconocida profesional de nuestra Casa de Estudios y una de mis mejores amigas
desde la época en que estudiábamos, juntas, en la entonces Facultad de
Filosofía y Letras (ella cursando la Licenciatura en Historia y yo la de
Filosofía, respectivamente, aunque en el Curso propedéutico que se hacía lo
habíamos llevado en el mismo grupo, antes de elegir profesión).
En el año arriba mencionado,
nuestra directora de División nos citó a una junta a todos (as) las y los
maestros (as) que impartíamos Seminarios en la DEHH; Antropología, Geografía,
Historia, Letras y Sociología y nos comunicó su preocupación por los sucesos
que, con respecto a la situación subjetiva de los (as) alumnos (as) habían
detectado algunos (as) académicos (as).
Se hablaba de síntomas tales
como ansiedad, angustia, depresiones, problemas familiares e incluso ingesta de
alcohol y otras sustancias. Todo esto afectaba sensiblemente el rendimiento
escolar de los y las estudiantes.
Las (os) que participábamos
en ese encuentro estuvimos tomando la palabra y ofreciendo, cada quien desde su
perspectiva, las posibles soluciones que veíamos a las diversas problemáticas
que la doctora Oliver nos presentó.
En algún momento se planteó
la posibilidad de derivar a los y las estudiantes a las diversas instancias
públicas de salud mental que conocíamos, incluida la Clínica de Atención
psicológica para Adultos y Adolescentes que funcionaba en la Escuela de
Psicología de la U de G.
Algunos también recomendaron
la opción de las Tutorías Académicas, como espacio para atender esa situación.
Y hubo quien incluso hablara
de sanciones o medidas correctivas.
Pienso que a ninguno (a) de
los (as) que reconocíamos en esos signos de malestar una cuestión más compleja,
nos satisficieron las propuestas emitidas en la reunión.
A los pocos días de la
sesión académica, Lilia me llamó a su oficina de la División.
Mi amiga sabía, por lo que
llamábamos nuestras charlas de actualización, desde mi regreso a la ciudad,
pláticas que sosteníamos en cafeterías, restaurantes o a veces en su casa de
Providencia, que ya había hecho yo la formación de psicoanalista, que como en
el medio psicoanalítico se sabe, desde Freud, atraviesa por tres rubros: el
psicoanálisis personal, el trabajo teórico y la supervisión de casos clínicos
con psicoanalistas de mayor experiencia y preparación.
Sabía también asimismo, que
mi estancia en México comenzó en 1988 con una beca que me otorgó la
Universidad, por medio del Centro Regional de Tecnología Educativa, del cual
era Director el Maestro Salvador Acosta Romero y en el que fungí como investigadora varios
años antes de partir a la Ciudad de México (entonces Distrito federal); para
estudiar la Maestría en Teoría psicoanalítica del Centro de Investigaciones y
Estudios psicoanalíticos (CIEP) que dirigió durante 20 Generaciones de alumnos
(as) Néstor Braunstein, exiliado de la dictadura argentina de los 70 ,
psiquiatra e introductor en México de la obra de Lacan, esto último junto con su paisano Marcelo Pasternak, también
exiliado y psiquiatra de su país.
Y lo más importante desde el
tema que nos convocaba esa vez; que desde el año de 1990, cuando egresé de ese
lugar de estudios, decidí, como parte de mi proceso de psicoanálisis personal,
dedicarme a la clínica privada, que empecé a realizar en el Distrito Federal y
continué en Guadalajara, a mi regreso a la ciudad.
De ahí que, esa mañana, de
mediados de 2013, me pidiera, con su estilo franco, tranquilo y profesional, mi
opinión como psicoanalista ante lo que pasaba con el estudiantado de la División.
Por supuesto, se la dije,
con toda franqueza: “Lili, lo que algunos (as) académicos (as) están
percibiendo en las subjetividades de los y las muchachas (os) no es más que la
punta del iceberg (utilizando el lugar común)”.
“Lo que aquí está ocurriendo-continué-,
por medio de estos síntomas, no es más que la manifestación de un malestar más
general, profundo y amplio que toca no sólo a nuestros (as) estudiantes, sino a
los jóvenes de hoy”.
En ese momento, como
siempre, desde que éramos estudiantes, empezamos a pensar en una propuesta
para, por lo menos, atender, en nuestra medida, los problemas que se nos
presentaban; sabiendo que no era (ni es) fácil; pero que había que hacer algo.
A partir de ese día, este
proyecto nació y aquí estamos.
Nota: esta historia continuará.


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