Carta a... y para cada madre en su singularidad y subjetividad
Mayo del 2020.
Parafraseando a Derrida:
Tiempo: “Quería darlo todo en la
maternidad, en (mi) maternar, pero di el resto”.
A… (también, para cada madre en su singularidad y
subjetividad):
¿Se puede decir que los tiempos de
ahora son de… odio?, cierto... parecen tiempos en los que amar se ha convertido
en todo un desafío, pues la diferencia es algo que cada vez se sostiene menos;
y es que… a dónde se voltee a ver, miramos caos y destrucción: el medio
ambiente, la sociedad, la economía, las violencias y, ahora, las pandemias
volátiles…
Por ello (me) pregunto: ¿quién en su
sano juicio decide ser madre en estos momentos?
Con esa pregunta, no puedo dejar de
sentirme, hasta cierto punto, egoísta por asumir la maternidad, porque no sé a
qué mundos traeré a esos seres que se reproducen en mi cuerpo. Hay momentos en
que el temor se apodera de mi mente, pensando en lo que se convertirán: ¿serán
buenos, serán malos?; y, ¿qué tanto seré responsable de aquello en lo que se
conviertan, no sólo por la crianza, sino también por mi decisión de traerlos a
este mundo?
A un mundo con muchos tipos de
decadencias, a una época en la que falta la falta…
Pero, entonces, me cuestiono,
¿significa que al mundo ya no se le pueden donar más seres humanos?, ¿los
humanos nos hemos convertido en pura pulsión de muerte que recae, como
maldición, sobre la tierra?
¿Acaso los humanos nos merecemos el
exterminio por ser tan crueles con todo lo que nos rodea, pero sobre todo con
nosotros mismos?
Claro que me cuesta trabajo responder
estas preguntas, porque de tener razón, sería algo a lo que me resisto, pues, ¿de
qué otra manera hubiera podido sostener mi acto de querer ser madre (de nuevo)
?; si no es que resistiendo y negándome a lo que, quizás, puede ser toda una sentencia
para la vida, por lo menos para la vida humana.
Si bien es cierto que nunca han sido
tiempos “buenos” para las maternidades, las crianzas y los humanos, de tal
forma que no creo podamos decir, hoy, que estamos salvados; pero tampoco vivimos
bajo las mismas maneras.
Por eso me pregunto, ¿qué tiempos vivimos
los seres humanos? Y supongo que en estos momentos, lo que más existe es el
suspenso; leído el significante de dos modos: primero como suspendido; es
decir, la vida queda en suspenso, interrumpida en la cotidianidad común y en las
formas y libertades que se podían tomar (y conste que no hablo de normalidad,
porque creo que esa es una mala carta para nombrar la vida, las vidas). Y
segundo, en tanto incertidumbre, espera y expectativa (y hoy más que nunca la
espera como atributo de paciencia, es algo que poco se puede otorgar).
Sobre todo en esta época suspendida,
en esta era del no saber nada, no obstante sus insistencias en las verdades
absolutas, bautizadas desde las ciencias, que hacen que se tenga esperanza en
el saber y no precisamente en el no saber. Y es desde este punto que realizo mi
defensa del no saber en tanto es lo que me sostiene como sujeto del deseo, en
el viejo anhelo de ser madre (una y otra vez).
No sé qué será de mis hijos en el
corto plazo, mucho menos en el largo; y es que no tengo ninguna certeza de cómo
serán sus vidas, ni siquiera de cómo será la mía. Pues no sé cómo será la vida
futura a pesar de todas las advertencias, que nos vienen de todos lados, y aun
así, con todo ello, a pesar de esas voces que niegan nuestro deseo de vivir;
insisto, a pesar de todo ello, asumo plenamente el deseo de ser madre, sí, con
toda la complejidad en tanto el deseo me acontece.
Y si lo sostengo (el deseo como la
concepción) es porque eso mismo me permite seguir deseando, me posibilita seguir
construyendo –siempre desde el deseo y la concepción misma-, para así poder
habitar mi mundo, el mundo; tal y como lo decía Heidegger, muy a su estilo. Construyendo
puentes en ese espacio que se posibilita para habitar.
Por eso me pregunto, ¿puede existir
la forma de sostener el deseo desde “el saber”?. Freud y Lacan, dos grandes maestros de mi vida,
me han enseñado por lo menos algo; y es que se necesita defender el no saber
para llegar a saber algo, y no todo.
Esto me recuerda cuando a Lacan le preguntaron
que, ¿cuál es su secreto?; al responder él voltea con una mujer y le dice,
tengo cinco años. Esto me muestra, en Lacan mismo, la importancia de la
infancia; y es que, sabemos, que las niñas y los niños son los más socráticos en
lo que respecta a la vida, ya que le dan un lugar muy importante a su no saber,
para así permitirse llegar a saber.
¿Cómo ser madre, pues, en estos
tiempos?
No sé… porque maternar es cuidar sin
saber, maternar es construir y habitar el mundo desde el cuidado; y sé que para
eso no es necesario, solamente, pasar por la reproducción, ya que pueden
existir otras maneras para hacer el acto de maternar. Y lo pongo como acto,
porque para poder tomar una posición en el mundo, es necesario que se realice
el acto, como el acto de amar.
De lo que sí estoy segura, es que mi
deseo me llevó hacer mi/la reproducción desde y con el cuerpo; a enfrentarme
con los cambios del cuerpo, de mi cuerpo. A dar el cuerpo para permitirme ser y
hacer la muerte de un cuerpo que fue y hacer la vida de un cuerpo que será; para
parir y poder criar otros cuerpos, también. Dicho de otra manera, con lo paradójico
y complejo que sea: dar el cuerpo sin olvidar el cuerpo, poner el cuerpo en maternar,
pero no todo; dar el tiempo, pero no todo, sino el resto, apostándose. También, en el no saber.
Sí, lo in-cierto de todos estos
momentos, quizá me/nos brinden lo cierto del ahora. Lo seguro es que no hay
saber que alcance para… hacer y mucho menos para ser, no hay saber que nos dé
el pase indubitable para habitar la vida y el mundo.
Con amor:
Paola: mujer, madre, apasionada, del
Otro y también del… resto.
Max
y Mono (nombrado por él de ese modo) compartiendo plátano y agua.
Habitar-Construir-Habitar.
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