Ideas de sujetos y revolución
“¡Que todo cambie radicalmente!
¡Que de las viejas raíces de la humanidad nazca un mundo nuevo!
¡Que una deidad nueva reine
sobre ellos, y que una era nueva se abra ante ellos!
¡Que todo se transforme en todas partes:
en el taller, en las familias,
en los templos,
y en las asambleas!”
Friedrich Hölderlin,
Hiperión o el Eremita en Grecia.
La historia de la humanidad es al mismo tiempo belleza y nobleza de
espíritu, por una parte, y por su contrario tiranía y violencia.
Muchos antes han hablado de esta ramificación enorme que caracteriza
la esencia humana y su articulación como sujetos sociales, o pertenecientes a
la cultura. No es la intención de este escrito entrar en el debate sobre la
naturaleza del bien y del mal que forma parte de la humanidad o del sujeto,
sino precisamente rescatar aquello que lo atraviesa en su transcurrir como ser
que se percata de su existencia, su significación y nombramiento(s) y a la par
de ello su participación en la cultura y la historia.
Seguramente la gran mayoría de nosotros ha notado el uso que se le da
al nombramiento para significar la realidad histórica de algo; nos hemos topado
por ejemplo con nominaciones tales como mujer, madre, padre, hombre, humano,
animal, sujeto, etc. Existe una realidad general acordada para entender estos
términos, sin embargo, cuando la materialidad que se nos presenta denominada
así, no hace justicia a la designación, se busca diferenciarla; por ejemplo,
cuando un hombre no cubre en sus actos lo que se presupone, se ha llegado a mentar
como onvre, lo mismo con un padre que
no se hace presente o cuando se usa el mote de un animal para resaltar
características de los individuos. Hacemos uso del lenguaje para compartir un
sentir, pensar y crear diálogo, para limitar un actuar.
Para entender las significaciones de estos señalamientos en torno al
sujeto, es importante pensar en su constitución como tal, que lo lleva a
interrogarse sobre su posición, su significación para el otro y para sí.
Con estas bases nos encaminamos a pensar los discursos actuales de la
“nueva normalidad” o “nueva era” que han surgido ante los impactos que como
sociedad hemos sido víctimas, verdugos y testigos. Como ejemplo, tan solo este
año han ocurrido y aún ocurren acontecimientos graves, violaciones de los
derechos humanos, violencia de género, ataques a minorías, represiones
policiales, demás manifestaciones de violencia y abuso institucional,
confrontaciones entre diferentes grupos de opinión, abuso de los recursos
naturales, objetivación de animales y demás seres humanos y por supuesto cabe
mencionar la situación global actual de pandemia y todas sus consecuencias.
Visiones de las
Hijas de Albion (1795), William Blake.
Para los fines de este texto, nuestro primer paso es dialogar sobre lo
que lo nombra: Ideas de sujetos y
revolución; es necesario entonces pensar las palabras primeramente como
conceptos, acotarlos y posteriormente prescindir de ellos. Por tanto, pensamos en
este escrito como algo inmóvil que, ante la lectura del otro, puede ser
llevado, a partir de este contacto, más allá y darle movimiento. Para decirlo
en otros términos podemos recurrir a Hegel en su Fenomenología del espíritu:
“Se pretende que lo absoluto sea, no
concebido, sino sentido e intuido, que lleven la voz cantante y sean
expresados, no su concepto, sino su sentimiento y su intuición. Si se toma la
manifestación de una exigencia así en su contexto más general y se la considera
en el nivel en que se halla presente el espíritu autoconsciente, vemos que éste
va más allá de la vida sustancial que llevaba en el elemento del pensamiento,
más allá de esta inmediatez de su fe, de la satisfacción y la seguridad de la
certeza que la conciencia abrigaba acerca de su reconciliación con la esencia y
con la presencia universal de ésta, tanto la interna como la externa. Y no sólo
va más allá, pasando al otro extremo de la reflexión carente de sustancia sobre
sí mismo, sino que se remonta, además, por encima de esto. No sólo se pierde
para él su vida esencial; además, el espíritu es consciente de esta pérdida y
de la finitud que es su contenido. (...) Por tanto, para hacer frente a esta
necesidad, la filosofía no debe proponerse tanto el poner al descubierto la sustancia
encerrada y elevarla a la conciencia de sí misma, no tanto el retrotraer la
conciencia caótica a la ordenación pensada y a la sencillez del concepto, como
el ensamblar las diferenciaciones del pensamiento, reprimir el concepto que
diferencia e implantar el sentimiento de la esencia, buscando más bien un fin
edificante que un fin intelectivo.” (p.10).
Al hablar de ideas de sujetos, se pretende puntualizar la pluralidad
de subjetividades existentes, para así volver al ser de cada uno de ellos y reconocer
la particularidad de su esencia, en este sentido siguiendo el mismo texto, la idea de Hegel puede encaminarnos a
dimensionar al sujeto:
“El ser allí es cualidad,
determinabilidad igual a sí misma o simplicidad determinada, pensamiento
determinado; esto es, el entendimiento del ser allí. Es, de este modo, el nus, que era, como Anaxágoras comenzó
reconociendo, la esencia. Posteriormente, se concibió la naturaleza del ser
allí, de un modo más determinado, como eidos o idea, es decir, como universalidad
determinada, como especie. La palabra especie parecerá tal vez demasiado vulgar
y pobre para referirse a las ideas, a lo bello, lo sagrado y lo eterno, que
tantos estragos causan en nuestra época. Pero, en realidad la idea no expresa
ni más ni menos que la especie”. (p.37).
El sujeto en el sentido de este texto lo retomamos desde aquel lugar
en que se crea, primeramente, a partir de los nombramientos de los otros,
entrando y siendo atravesado en el mundo del lenguaje; se crea este sujeto en
el reconocimiento de su propio cuerpo y su presencia, hay una parte de sí que
es reconocible, sin embargo, hay otra que no es posible de ser completamente
considerada, esto es lo inconsciente. Se instaura el sujeto en un lugar donde
hay una falta, y él pasa a ser significante. Se crea un sujeto también, en el
reconocimiento del otro.
El individuo para constituirse como sujeto debe atravesar una serie de
malestares al encontrar conciencia sobre el mundo y las discordancias entre los
deseos, precisamente aquí nos encontramos ante la historia de los hombres y
estas ideas de sujetos.
Retomando a Freud, podemos hablar de El malestar en la cultura (1930) que nos recuerda que para que la
convivencia social se mantenga y en este sentido, poder realizarse sujeto, debe
como premisa atar (sujetar) sus instintos más primarios; así podrá existir la
cultura. Sobre esta línea, la cultura se basa en la represión, es necesario
entonces que se establezca un límite, pero con esta sofocación viene también un
malestar y a este malestar de -con-vivir podemos encontrarlo en múltiples
formas; el otro por tanto sería también un orden de sostén y de límite. Pero es
necesario ir más allá. “La vida humana, pues, entraña una curiosa paradoja:
parece que requiere la injusticia, pues la lucha contra la injusticia es lo que
hace salir a la superficie lo que hay en él de más elevado.” (Fukuyama, 1992)
En esta pluralidad de ideas actuales de sujetos, y desde estas
sociedades surge la interrogante sobre lo que nos nombra. La sociedad se ha
llamado a sí sociedades de consumo, sociedades del cansancio (Byung-Chul
Han-2012) y sociedades de goce. Sociedades de mucho objeto y poco sujeto. En torno a esto se habla en la actualidad de
sujetos en crisis, sujetos escindidos, divididos, desubjetivados, vacíos,
desaparecidos. Pero siguiendo la lógica del reflejo es válido también hablar de
sujetos que piensan, que hacen, que cambian, que despiertan, el sujeto que
enuncia; en este espacio de multiplicidades es desde donde se nos muestra una
posición determinada por el inconsciente.
Para hablar de sujeto entonces es necesario no perder de vista aquello
con lo que se contacta. Si pensamos en los discursos de la “nueva era”, surge
necesariamente la pregunta del cómo, y precisamente esta vivencia y
reconocimiento de la crisis nos abre la posibilidad a la alternativa.
Habría que cuestionarse en qué sentido hablar y ejercer aquella
libertad, sin caer en la trampa capitalista, que se nutre y fortalece de
aquellos que piensan poco.
Este engaño de libertad que se comienza a articular en la modernidad
versa sobre la facultad de hacerlo todo posible, el deber poder, el rendimiento
que acelera la vida sin permitir la verdadera contemplación. Lo que no se
publicita tanto de esta posibilidad infinita son sus consecuencias, ya que
encubre la pérdida de esta búsqueda del sujeto por la pregunta sobre su deseo y
se desdibuja la responsabilidad de hacerse cargo de lo que le pasa, resaltando
este -deber ser- engañoso. Este discurso aparentemente digerido, accesible y
fácil de realizar, entrampa entonces una repetición continua.
El reverso de la libertad absoluta en el discurso actual como
mercancía, es la inmovilidad que también aleja de la idea de sujeto. Tal parece
que la idea misma de constitución subjetiva contiene también aquello que lo
refleja.
Ante la ambigüedad que se asoma, regresamos a la cuestión de la
responsabilidad sobre nuestra propia existencia. Por supuesto que es falso
fijarse en la idea de que la vida es resultado solamente de las consecuencias
de nuestros actos, ya que esto nos encierra en la dicotomía interior-exterior,
individual-social y de ese modo se pierde de vista la posibilidad de pensar, en
otros términos; al solo buscar y señalar la responsabilidad o los responsables,
como buscando culpables y que estos paguen. En el sentido de hacer algo con
aquello ya hecho; pero es menester preguntarse cómo fue que sucedió aquello.
Por tanto, podemos hablar del sujeto no como total responsable, creador o dueño
de todo lo que lo acontece, pero si como partícipe y protagonista en su propio devenir
sujeto, que padece y por tanto lo interpela.
En este sentido nos encontramos en la actualidad ante discursos que se
interrelacionan con cuestiones revolucionarias, lo nombramos así, partiendo del
concepto revolución como una de las
formas en que la escribe Emma Goldman: “La revolución es el pensamiento
convertido en acción” (1910), al hablar de cambios sociales ella afirma que los
verdaderos cambios sociales no son posibles sin revolución.
El mismo concepto de revolución introduce una violenta reconfiguración
y su idea parte de la apertura violenta del mundo humano.
La revolución, entonces, se introduce en el sujeto y como consecuencia
se refleja en su exterior, que reconfigura, creando formas que acaban con la
repetición y se produce entonces un nuevo origen, la posibilidad de una
diferencia, sin perder nunca de vista el trabajo activo que requiere, pero esto
tampoco es una idea que no haya sido antes construida, volviendo a Hegel en su
fenomenología del espíritu leemos:
No nos contentamos con que se nos
enseñe una bellota cuando lo que queremos ver ante nosotros es un roble, con
todo el vigor de su tronco, la expansión de sus ramas y la masa de su follaje.
Del mismo modo, la ciencia, coronación de un mundo del espíritu, no encuentra
su acabamiento en sus inicios. El comienzo del nuevo espíritu es el producto de
una larga transformación de múltiples y variadas formas de cultura, la
recompensa de un camino muy sinuoso y de esfuerzos y desvelos no menos arduos y
diversos. (pp. 12-13).
Pero, así como cada época está atravesada por un discurso cultural,
cada sujeto tiene que buscar los recursos. Por tanto, se habla de acción, al
intentar avanzar sobre aquella resistencia que sofoca la posibilidad de habitar
la multiplicidad de ideas de sujetos que coexisten. Pensando en cada acto, visto desde la
perspectiva de Hannah Arendt, acto del proceso:
En
cuyo entramado ocurre y cuyo automatismo interrumpe, es un "milagro",
esto es, algo inesperado. Si es verdad que la acción y el comenzar son
esencialmente lo mismo, se sigue que una capacidad para realizar milagros debe
estar asimismo dentro del rango de las facultades humanas. Esto suena más
extraño de lo que en realidad es. Está en la naturaleza de cada nuevo comienzo
el irrumpir en el mundo como una "infinita
improbabilidad", pero es precisamente esto "infinitamente
improbable" lo que en realidad constituye el tejido de todo lo que
llamamos real. (1991)
Por supuesto que esta infinitud
de resultados es abrumadora, y muestra de ello son los discursos actuales del
sujeto que busca algo nuevo.
La lucha con los grandes sentidos, es donde se entreteje el lazo
social, cuya idea, permitiría acotar a estos sujetos y unirlos.
Nos parece pertinente concluir resaltando que, el pensamiento como
sujetos ante lo que nos atraviesa en nuestro caminar por el mundo es lo que nos
posibilitó este movimiento.
Pensar es lo que lleva a la acción, pensar
y nada más.
Arendt, Hannah. ¿Qué
es l libertad? Revista: Zona Erógena. (1991).
Byung-Chul
Han. La sociedad
del cansancio. Editorial: Herder, Argentina, primera Edición. (2012).
Fukuyama, Francis. El fin de la historia y el último hombre.
Editorial: planeta. Colombia. (1992).
Freud, Sigmund. El malestar en la cultura.
Editorial: Siglo XXI. Buenos Aires, Argentina. (1930).
Goldman, Emma. Anarquía y otros ensayos.
Editorial: 17 Delicias. Serie libertarios. (1910).
Hegel, Friedrich. Fenomenología del
Espíritu. Editorial: Derrida en castellano.
Madrid, España. (1985).
Hölderlin, Friedrich. Hiperión y el ultimo
Eremita en Grecia. Editorial: Hiperiones L.S. (1988).
William, Blake. Visiones de las hijas de
Albion. (1795).

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