El síntoma en tiempos de pandemia

El síntoma en tiempos de pandemia
Por: Karina Olascuaga

“Ni la voluntad, ni el porvenir ni la utopía pueden vivir en el encierro”.
Película El castillo de la pureza (Arturo Ripstein, 1972).

Ante los eminentes cambios de nuestra actualidad, pensándolos desde un sentido social, se considerará nuestra vida cotidiana y cultural en un antes y en un después del coronavirus.  Consciente o inconscientemente, veremos cómo se le da un uso cotidiano a este concepto psicoanalítico (el de síntoma). Sin quererlo, nos vendrá la comparación, para los que somos melancólicos, el recuerdo de esta cuarentena. Claro que pensaremos de formas diferentes, de acuerdo a nuestro contexto, desde cómo iniciamos el confinamiento hasta su futuro y esperanzado término (esperemos).

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Reflexionándolo desde el psicoanálisis, en tanto me sea posible también. Incluso con la operación matemática del acontecimiento pandémico, vemos que se produce un resto. Lo que nos queda de la división después del coronavirus. Se produce, pues, un residuo. Del antes de la pandemia y después del confinamiento, algo nos queda como resto.

Al profundizar de manera analítica o reflexiva, como una forma de pensarnos en confinamiento. Y no solo desde una posición autodidacta. Asumir otros medios y recursos; ya sean electrónicos. Un libro, por ejemplo, sobre todo leído en voz alta. Un escrito o una canción que nos signifique. Alguna serie que nos haga pensar. Ayuda telefónica o virtual; con una amigo, un confidente o algún profesional: de la salud, de la psicología o incluso entrar en un proceso analítico. Esto nos permitirá escucharnos. Para buscar eso que queda, ese resto, de nuestra experiencia vivida en confinamiento. No solo de esto que está presente, sino de toda nuestra historia. De todos esos acontecimientos de nuestra historia vivida.

Y ahora bien, qué es lo que se produce, siguiendo con las operaciones de esta singular división. Se teje, pues, insisto, un resto. Desde el psicoanálisis hablamos de castración, de sujeto dividido; angustiado, melancólico, con ansiedad, con depresión. Afectos de enormes consecuencias; que como se afirma en la teoría freudiana, los afectos son así por que tocan el cuerpo, haciendo  síntomas.

El síntoma del momento es el coronavirus. Teje síntomas no solo en la sociedad toda, sino también en la historia de cada uno.  Como si la enfermedad nos sedujera, nos llamara, nos interpelara y, con ello y por ello, enfermamos. El malestar en la cultura llamado coronavirus. Se entreteje con nosotros, en el mismo momento, espacio y tiempo del presente.

Pero qué sería de una división sin el resultado positivo.  Con qué nos quedamos, que esto nos sirva para repensarnos y producir un saber que nos posicione de otro modo ante nosotros mismos; y por supuesto ante las demás personas y la naturaleza como vida: ecosistema, plantas y animales. 

Se trata, pues, de tener en nuestro repertorio, la presencia de la muerte y la enfermedad como partes fundamentales de la vida misma. Sí, de lo que se trata es de repensar una forma radicalmente distinta de estar en este nuestro planeta. Sí, la cercanía que tenemos con los demás es posible que mute nuestro vínculo afectivo, pues todo ha cambiado. La familia, los maestros, los compañeros de escuela o del trabajo (si se cuenta con uno); y también queda –como resto- la posibilidad de que al finalizar el confinamiento, tengamos que ver desde otra perspectiva, lo cotidiano mismo y la vida toda.  

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