Huérfanos, psíquicamente, ante la ausencia materna.


Huérfanos, psíquicamente, ante la ausencia materna.
Por: Areli Nohemí Gutiérrez Rodríguez

Iniciaré con una viñeta:
Ella es una paciente a la que nombraré como Martha.
Martha es comerciante; tiene 4 hijos, y son lo más importante para ella (así lo dice). Es una madre amorosa, que espera con ansias llegar a casa para llevarlos a cenar, o prepararles la cena; vivía pensando y planeando qué haría con ellos el fin de semana pues, disfrutaba inmensamente los momentos que pasaba con ellos, le ilusionaba ahorrar para, de vez en cuando, llevarlos a un restaurante a disfrutar de algo rico de comer.
Para ello trabajaba todo el día, pues –menciona- no alcanzan los dineros para los gastos de los niños, que oscilan entre las siguientes edades: 2 años, 6, 7 y 8.  El papa de los hijos de Martha es alcohólico y pasa los fines de semana tomando, por ello rinde menos el dinero. Para Martha, su trabajo es lo que puede darles de comer a sus hijos, así como escuela y ropa. La ausencia de la figura paterna es más que notoria.
En análisis menciona que su mamá cuida de los niños todo el día, mientras ella trabaja vendiendo ropa. La abuelita de los hijos es una señora mayor, con 72 años edad; tiene diversas enfermedades, las que imposibilitan el cuidado de los niños. Sin embargo, el solo hecho de hacer acto de presencia, permite a Martha salir a trabajar más tranquila.
La abuelita, por otro lado, se muestra inconforme con el esposo de su hija; por su alcoholismo, lo que hacía que tuviera, continuamente, problemas con su yerno. Es así que un día -la abuela- decide regresar a su pueblo, dejando a Martha sola, con sus cuatro hijos, un padre alcohólico y la bendición antes de partir; lo cual no fue suficiente, pues después de su partida, a los meses, uno de los hijos (el penúltimo), de 6 años, cae de una escalera, muriendo instantáneamente.
No obstante Martha sigue trabajando, con todo y su tremendo dolor a cuestas -menciona que lloraba por las calles- mientras seguía tocando puerta tras puerta, ofreciendo la ropa que vendía y, así, sentarse bajo un árbol y recordar la sonrisa de su hijo. Sus palabras le retumbaban en el cerebro todo el tiempo, la hacían pasar horas, extraviada. Había una imagen, en especial, que le venía constantemente: y era la de su hijo vendiendo limas, en la puerta de la vivienda, mientras decía: “cómpremelas, para que mamá se quede en casa”.
También recordaba sus abrazos cuando llegaba; y oír, de repente, salir de una vivienda la canción que más le gustaba al niño-hijo; “la ley del monte”, eso era la estocada final que le hacía perder la razón.
Martha queda, así, sumida; devastada e imposibilitada para pensar en sus otros 3 hijos… esto, por el momento.
Con Martha vemos -y en algunas ocasiones lo hemos vivido-, que cuando un ser querido deja de existir, el caos da comienzo; y con él, la pérdida de la noción del tiempo, las alucinaciones que no cesan de llegar. Pues los vemos por todas partes y en todo momento; los días se vuelven borrosos, nublados, en un tono gris-amarillento, polvoriento, muy diferente al color de los días cotidianos. Colocándonos, así, en un estado jamás conocido. Esta es otra dimensión a la que somos trasladados por un determinado tiempo; y luego el duelo: trabajo que es lento, detallado y muy doloroso.   
Abordar la situación por la cual pasan las madres dejando estragos en el niño, es el interés de este escrito. Decir también que este trabajo no trata de las consecuencias psíquicas de la muerte real de la madre, donde pudiera dejar huérfano al infante; el abordaje es desde otro lugar, es desde la situación y afectación psíquica en el niño a partir de la imagen (imago) constituida en la psique del hijo, como consecuencia de una depresión materna que trasformó, brutalmente, el objeto vivo.
Me refiero a la tristeza de la madre y el desinterés por el hijo, como características de esta madre viva, pero ausente. Viva sí, pero psíquicamente muerta ante los ojos del pequeño hijo a quien ella cuida.
 En la actualidad nos encontramos en la clínica, con madres angustiadas que pasan por la pérdida de un ser querido; ya sea un hijo, un padre, un amigo íntimo o cualquier objeto investido fuertemente por ella. También nos encontramos con grandes heridas narcisistas como, por ejemplo: ir a la quiebra, quedarse sin dinero, situaciones de enredos amorosos por parte de la pareja, infidelidades, abandono de la casa por parte del marido, humillaciones, y muchas situaciones más.
En todos estos casos, la tristeza de la madre y la disminución de su interés por el hijo se sitúan en el primer plano; y es desde ahí mi interés por saber las consecuencias que acarrean, para un niño, estos estados afectivos de pérdida por los que pasa la madre. En este caso Martha.
Green nómina a todo esto, el “complejo de la madre muerta”.
Green nos dice que pasó por la pérdida de la hermana menor de su madre, y afirma que tiene un recuerdo personal que le ha hecho escribir sobre este tema. En una conversación con Gregorio Kohon nos comenta lo siguiente:
“Creo que la madre muerta es un trabajo que ha sido valorado no sólo por sus hallazgos clínicos, sino también porque está relacionado con una experiencia personal. Cuando tenía dos años de edad, mi madre se deprimió: tenía una hermana menor que murió después de haberse quemado accidentalmente. Era la hermana más joven de la familia, mi tía Rosa, y mi madre se deprimió. He visto fotos y uno puede decir por su cara que realmente tuvo una depresión muy severa. En ese tiempo, el tratamiento era muy pobre. Fue a descansar en una estación termal cerca del Cairo. Sólo puedo suponer que esta experiencia me marcó fuertemente, y fueron necesarios tres análisis para revivirla plenamente. Ésta debe haber sido la razón, ya que recuerdo una conversación que tuve con un amigo de mi padre cuando tenía 12 años, en la que ya entonces dije que quería estudiar las enfermedades mentales” (Kohon, 1999, p. 13) [La misma referencia autobiográfica -en forma un poco más sucinta- se encuentra en Green, 1994, p. 23].
Winnicott nos habla, también, sobre la importancia del desarrollo afectivo que la madre brinda en el crecimiento emocional del individuo a temprana edad; sostener –holding, lo llama-.
Pero ¿qué pasa cuando esto no se puede brindar al infante, por las situaciones al inicio señaladas?
¿Qué sucede cuando ella se encuentra imposibilitada para proveer la protección necesaria al frágil yo del niño?, ¿quién o que emerge cuando este vínculo se interrumpió? Y finalmente, ¿cómo repercute en el hijo el duelo que soporta la madre?
Estas son algunas de las preguntas que trataré de responder, qué ocurre ante la ausencia de la madre debido a un doloroso duelo.
Mencionaré otra   vez que la situación a la que me estoy refiriendo. Es aquella en la que el niño fue investido, libinizado en un primer momento, como lo hizo Martha con sus hijos, en la que recibieron la mirada, el tocamiento, las palabras y dulzura en su nacimiento, por parte de esta madre. Después esta situación es interrumpida y aquí yace lo interesante y lo difícil; pues de golpe es cortado, del todo y de tajo, el afecto materno para con el niño.
Lo que se pierde no es “una persona amada”, sino “el amor de la persona”; dicho de otra manera, la persona “madre física” sigue allí, pero no así el amor, ya que los lazos afectivos y libidinales hacia el bebé, la investidura, el tocamiento, la mirada, las caricias y las palabras se han retirado. Y, en ese sentido, ella –la madre- ha muerto para el bebé, a pesar de que ella siga ahí.
Podemos ver entonces el desamparo en que cae el hijo, ante el borramiento que hace la madre del infante. El desamparo que se sostiene en la falta de afecto en tanto éste es retirado o perdido.
Cabe mencionar que desde el inicio de las obras de Freud la palabra desamparo aparece en la literatura psicoanalítica. Desde el tomo I, en el " Proyecto de psicología", nos menciona lo siguiente:
"El desamparo original del hombre es la fuente. El desamparo es un estado de impotencia que el ser humano enfrenta ante el dolor psíquico”. 
Según Freud, ese sufrimiento puede deberse a tres situaciones diferentes: o sea, que sufrimos por tres diferentes cuestiones:
1.- La decadencia del propio cuerpo, que lleva a la muerte. La vejez.
2.- Frente al mundo externo y sus fuerzas destructivas, es decir ante los fenómenos de la naturaleza; y, finalmente,
3.- En las relaciones con nuestros semejantes. Este es el punto desde el que me estoy moviendo (Freud, 1895, p. 32); el de la relación con el otro, que deja huellas y marcas.
Pero ¿qué nos dice la palabra desamparo, sobre todo en el que queda el niño después de la ruptura con el vínculo materno?
Hilflosigkeit, así denomina Freud al estado originario del sujeto. Lo conocemos como desamparo. Palabra que a su vez designa un estado de abandono, de desvalimiento, de falta de recursos. También de desnudez; de modo que infans se halla ante la imposibilidad de sobrevivir sin asistencia ajena, siendo que en su vida intrauterina no conocía pausa entre necesidad y satisfacción; su piel, sus sentidos son impactados por cantidades que provienen tanto del interior de su cuerpo como del exterior del mismo.
Es una unidad cuya tranquilidad ha sido desalojada por el nacimiento. Que será apenas recuperada a través de la experiencia de satisfacción, posible solamente mediante la asistencia de un otro. 
Diré también que el desamparo es algo que todos vivimos después de venir al mundo; somos seres desamparados que necesitamos del cuidado de alguien que nos brinde su protección para nuestra sobrevivencia y que nos sostenga y contenga las pulsiones desbordadas. Alguien que nos diga que todo está bien y que fuimos deseados.
Para que la construcción psíquica se conforme, se necesita satisfacer las necesidades básicas: hambre, sed, e higiene; a través de las cuales se agrega el afecto, la calidez, la contención y el cuidado de quién hace la función materna.
Las impresiones sensibles de sentir el afecto materno garantizan una inversión en la percepción, hasta ahora nula, el afecto no es necesario para la sobrevivencia, pero sí para la construcción psíquica.
De esta forma se establecen las bases para el surgimiento de la conciencia secundaria, en las que se inscribirán las marcas o huella mnémicas, que posteriormente se ligarán a una representación.
Silvia Bleichmar refiere que solo donde se libidinizó el cuerpo, se podrá ligar esa pulsión desbordada con una representación-imagen, posteriormente.
Por otro lado, en Tres Ensayos de Teoría Sexual, Freud de igual forma muestra la importancia que le concedía al cuidado y al vínculo con la figura materna:
“El trato del niño con la persona que lo cuida es para él una fuente continua de excitación y de satisfacción sexuales a partir de las zonas erógenas, y tanto más por el hecho de que esa persona -por regla general, la madre- dirige sobre el niño sentimientos que brotan de su vida sexual, lo acaricia, lo besa y lo mece, y claramente lo toma como sustituto de un objeto sexual de pleno derecho. La madre se horrorizaría, probablemente, si se le esclareciese que con todas sus muestras de ternura despierta la pulsión sexual de su hijo y prepara su posterior intensidad” [negritas agregadas, (1905, p. 203).
Desde estas consideraciones, vemos entonces que, si la madre en tanto “objeto vivo” es la fuente de la vitalidad para el hijo, la madre “psíquicamente muerta a los ojos del pequeño hijo a quien ella cuida”, estará en la raíz de la pérdida de esta vitalidad; pues ya no hay fuente que brinde la vitalidad, y ésta tomará el carácter del vacío. De modo que habría un regreso al desamparo originario de pulsiones desbordadas, sin alguien que la interprete y responda a las necesidades.
Después de este recorrido teórico, quiero referirme a la situación actual en la que vivimos, dicho esto desde la clínica contemporánea. En la que los niños se podrían nombrar huérfanos, psíquicamente hablando. Con este problema manifestado en consulta, donde las madres están físicamente, pero por motivos de duelos personales, hacen ausencia en los hijos; es el caso de Martha. Fueron ellos, los hijos de Martha, los afectados, de una forma que no se percibió a simple vista, pues se vive aparentemente junto a ella -junto a la madre-. Si recordamos las edades de los niños de Martha, una niña de 2 años la cual, pensaba la familia, fue la menos afectada, decían que ella no se enteró de nada y menos de la muerte de su hermano, de 6 años.
Y es verdad, la niña no recordaba nada, ni al hermano, ni el momento en que pasó el accidente, ni el velorio, ni a las personas que estuvieron a su cuidado. No recordaba nada de eso, solo oía las versiones que contaban los hermanos, es verdad. No se enteró de la muerte de su hermano, pero sí de la muerte de su madre, pues dejó de estar para ella a partir de este suceso.
Los hermanos de 7 y 8 años recuerdan al hermano que muere, a diferencia de esta niña pequeña; ellos, claro, también fueron afectados, pero de otra forma, eso fue un hecho.
Dar por sentado que no sufrió dolor alguno, por ser solo una niña pequeña que no recuerda, por no tener consciencia de lo que todos cuentan, es una idea que queda en algunos padres. Pero podemos observar que, contrariamente a esto, esa niña de dos años, sin lenguaje aún y en una situación pre-edípica, queda sumamente afectada por una herida narcisista, que sangra (metafóricamente). Y que no cuenta con palabra alguna para nombrar su dolor. Este es el punto.
Por lo pronto cabe decir que esta situación es vivida como una catástrofe para ella, la hija pequeña de Martha. Sufre un trauma, así lo conocemos. Cuando algo no esperado invade al sujeto, sumiéndolo en un desconcierto, ha ocurrido una transformación decisiva, es una desilusión anticipada que lleva consigo además de la pérdida de amor, una pérdida de sentido, pues él niño se vive como el centro del universo materno en un inicio; para después caer en un vacío, entrando en una angustia relacionada con la pérdida de objeto. A esto Green (1988) lo nombra como el duelo blanco; se trata de estos estados de vacío en los que pueden encontrarse algunas personas, por sufrir pérdidas a muy temprana edad.
Y esto es muy delicado, pues las consecuencias en el niño persistirán en su vida adulta. Es algo que podemos constatar en la clínica, cuando la persona se presenta, por primera vez en el consultorio con los síntomas que le aquejan. Se trata, más bien, del fracaso de una vida afectiva y amorosa, situada en un primer plano de la problemática narcisista. Claro está que los matices de los síntomas del sujeto desvalido y en deterioro, pueden ser muy variables ante el afecto perdido.
Pero podemos ver cómo, algunas personas, se quedan repitiendo la identificación que hacen con la madre muerta, haciendo desinvestiduras -como la madre lo hizo con ellas- afectando todas sus relaciones, ello a partir de la formación de síntomas y conductas que las llevan de decepción en decepción en sus vínculos amorosos.
De modo que creo que, hoy en día, tenemos que detenernos en la reflexión sobre lo que ocurre con estos niños que pasan por la ausencia de la madre a una edad muy pequeña, por las situaciones ya dichas. Considero que es algo a lo que se debería dar mucha importancia, sobre todo en lo que respecta a la construcción psíquica; pues no podemos seguir creyendo que, por tratarse de niños de meses o pocos años, no son afectados, es algo que no ocurre así; pues hemos podido ver, claramente, que sí son afectados. Que hay estragos y que existen síntomas que los perturban, bajo la forma de fobias. Que les vienen miedos e inseguridades, como mojar la cama (enuresis nocturna); además, tienen problemas con el lenguaje, como tartamudeo, dislexias, problemas de aprendizaje en la escuela, violencia no comprendidas; inclusive autismos en grados más graves.
Por mi parte concluiría diciendo que el dolor psíquico se percibe en síntomas externos, como lo hemos visto con la hija pequeña de Martha. Fue a partir de ella que comprendimos que la manifestación sensible de una situación queda en el inconsciente, reprimida, atrapada en ese cuerpo sufriente; sin ninguna causa orgánica visible. Las huellas las encontramos en otra parte, en su forma de vincularse y en su imposibilidad para jugar; en sus miedos ante la ausencia materna y su dolor cada que tiene que separarse de alguien.
Estos pequeños se enfrentarán, en un futuro, ante una prueba por atravesar, es un hecho; ¿y qué prueba es? La prueba de reconstruirse, serán necesarias varias horas de juego, en un análisis, para revivir, plenamente, a la madre que los amó intensamente en un inicio.
Y es que, en el fondo, lloramos y sufrimos por aquel que dejó marcas amorosas y en este sentido, no hay dolor sin un profundo trasfondo de amor, que es el de la madre que por diversos motivos “dejó” de amarlos.
-Areli Nohemí Gutiérrez Rodríguez-

Comentarios

Entradas populares de este blog

Multiversidad en las Multiversiones del amor: La unificación del tiempo Por: Luisa Aurora Ochoa

¡Jugar! Los juegos le dan forma al mundo.

El sentido y el sexo en la filosofía real de Hegel